Más piezas sin ataduras

Un papel en blanco que ya no busca una tinta mas oscura.

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Intentos de empezar, de empezar a escribir o de empezar de nuevo, ese mundo que se atora entre el pecho y el alma, una garganta desaforada, un solo ser sin parpadear.

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Puedo tratar de brincar de alegría con una de esas falsas sonrisas, mostrar mi estómago, ver todo negro, puedo seguir mirando cada día las mismas siluetas y preguntarme ¿Qué sentía yo cuándo eso era el ahora?.

No importa cuanto alce mi mano ya no puedo alcanzarles.

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Nos hizo cerrar los ojos y bailar, luz tenue y música que apenas se siente y esa sensación de libertad que infla el alma cuando imagino que canto en cualquier lugar. 

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Subo a su sofá cuadrado y canto aquella boba canción que suena alto del televisor y aprendí en otra vida, empiezo a girar y cantar alto con aquel vestido morado; sonríe y me toma de la cintura, me baja y lo hago girar, me hago girar, mientras lo obligo a bailar, mientras canto, solo canto y giro y sus abrazos que dicen sonrisa.

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Al abrir los ojos nunca fue sueño ni dormir, una pared cuyas manos gritan "ayuda" en mostaza, esas imágenes pegadas, la insignia como esfinge que yace mirando fijamente hasta este lugar, una oscuridad ya conocida, el velo del silencio, unos brazos inertes sobre de, lágrimas que no salen de un lugar distinto a dos cuencas, ¿por qué lágrimas?, miedo, deber moverse sin despertar, deber escapar sin huir; abrazo grueso y cálido de cobertor, una queja de movimiento, lágrimas, una queja de silencio, lágrimas, acercarse sobre de, mirar sobre de, mirar de cerca tan cerca que las lágrimas caigan y tomar una mano que no pertenece para limpiar las lágrimas que no pueden ser de nadie más, oscuridad, siempre oscuridad.


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Se llamaba "un litro de lágrimas" y yo lloré, tenía 15-16 años y me sentaba junto a él porque no hablaba ni decía nunca nada y era el sitio más callado del salón, así que me sentaba junto a su lugar en el suelo y cantaba esa canción, una y otra vez, porque cantarla me hacía querer llorar.





















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