Aloine

¡Silencio! ¡Atentos! Pues por mucho que escuchaseis,
mucho aguardaríais sin la esperanza de oír una canción
tan dulce como esta, compuesta por el propio Illien
hace una eternidad. Una obra maestra sobre la vida
de Savien, y de Aloine, la mujer que tomó por esposa.

Dejé que la oleada de susurros recorriera el local. Los que conocían la canción profirieron exclamaciones contenidas, y los que no la conocían preguntaron a sus vecinos a que venía tanto revuelo.
Puse las manos sobre las cuerdas y volví a atraer la atención del público. Todos guardaron silencio, y empecé a tocar.
La música brotaba de mi con fluidez; mi laúd definía la segunda y la tercera voz. Canté con la potente voz de Savien Traliard, el más grande entre los Amyr. El público se movía al son de la música como hierba acariciada por el viento. Canté como si fuera sir Savien, y noté que el público empezaba a amarme y a temerme. Estaba tan acostumbrado a ensayar yo solo aquella canción que casi se me olvidó doblar el tercer estribillo. Pero me acordé, en el último momento, con un repentino sudor frío. Esa vez, mientras cantaba, miré al público, con la esperanza de oír una voz que contestara a la mía.
Llegué al final del estribillo antes de la primera estrofa de Aloine. Toqué el primer acorde con fuerza y esperé; el sonido empezó a extinguirse sin haber atrapado ninguna voz entre el público, los miré con expresión serena, esperando. Cada segundo que pasaba, un mayor alivio pugnaba con una mayor decepción dentro de mí.

Entonces una voz llegó flotando hasta el escenario, suave como la caricia de una pluma, cantando...

Savien, ¿cómo supiste
que era el momento de venir a buscarme?
Savien, ¿recuerdas
aquellos felices días?
¿Conservas tu también
lo que yo guardo en mi corazón y mi memoria?

Ella cantaba la parte de Aloine, y yo, la de Savien. En los estribillos, su voz se entrelazaba con la mía. Una parte de mí quería buscarla entre el público, ver la cara de la mujer con quien estaba cantando. Lo intenté una vez, pero me despisté mientras buscaba un rostro que encajara con la voz di fría luz de luna que contestaba a la mía. Distraído, toqué una nota equivocada produciendo una leve disonancia.
Un pequeño error. Apreté los dientes y me concentré en tocar. Aparqué mi curiosidad y agaché la cabeza para mirarme los dedos, tratando de que no resbalaran sobre las cuerdas.
¡Como cantábamos! La voz de ella era como plata ardiente, y mi voz, una resonante respuesta. Savien cantaba unos versos sólidos y potentes, como ramas de viejo roble; Aloine era como un ruiseñor y se movía describiendo rápidos círculos alrededor de las orgullosas ramas del árbol.
Solo era vagamente consciente de que me encontraba ante un público, vagamente consciente del sudor que bañaba mi cuerpo. Estaba tan sumido en la música que no habría podido decir donde terminaba ella y dónde empezaba mi sangre...

Patrick Rothfuss. El Nombre del Viento.

1 comentario:

Anónimo dijo...

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Alii